Cinco años de inflación «transitoria»: el legado que aún determina la política monetaria estadounidense
El peor brote inflacionario de una generación en Estados Unidos cumple cinco años este mes, un shock económico que continúa definiendo los debates de política monetaria, condicionando la política nacional y frustrando a los funcionarios de la Reserva Federal en su intento de reconducir el índice PCE al objetivo del 2%. Lo que en marzo de 2021 se interpretó como una señal bienvenida —precios subiendo más del 2% interanual tras la caída deflacionaria de la pandemia— se convirtió en un ciclo que llevó al PCE a superar el 7% en junio de 2022 y al IPC a marcar su mayor ritmo desde 1981, forzando al banco central a una serie de alzas de emergencia que representaron el endurecimiento más rápido de tasas en décadas. Hoy, el PCE subyacente ronda el 3%, un punto porcentual sobre el objetivo, y un nuevo shock energético —con el crudo superando USD 100/barril a raíz del conflicto en Irán— amenaza con ampliar esa brecha. El impacto acumulado sobre el poder adquisitivo ha sido severo: un dólar equivale hoy a aproximadamente USD 0,79 de enero de 2020. Las tasas hipotecarias permanecen por encima del 6%, los precios de alimentos acumulan subas del 3,1% interanual y los costos de la vivienda continúan ejerciendo presión sobre los presupuestos familiares. El precio de la gasolina en la red minorista supera los USD 3,70 por galón, alrededor de 25% más alto que antes del inicio de las hostilidades en Irán el 28 de febrero. En ese contexto, la pregunta relevante para los operadores no es si la Fed recortará tasas en la reunión del 18 de marzo —la pausa está prácticamente descontada al 99%— sino cuándo y cuánto deberá actuar el banco central en un entorno donde la desanclaización de expectativas de largo plazo sería su principal vulnerabilidad.