El dólar barato, el bono caro y la semana en que todos pidieron que alguien intervenga

El contraste con el reclamo ganadero es el dato interesante de la sección, porque los dos rubros enfrentan exactamente el mismo tipo de cambio. La diferencia es que uno está creciendo en volumen y el otro no, y el volumen es lo único que compensa un margen apretado. Es la vieja lección del exportador de commodities: cuando el precio relativo se te pone en contra, la única respuesta propia es vender más unidades, porque el tipo de cambio no lo maneja nadie que atienda el teléfono.

Sobre esa misma tensión vino el dato más elocuente de la semana. El MEF colocó bonos y redujo las tasas ofrecidas ante una demanda que casi cuadruplicó el monto adjudicado. Cuando a un emisor le llegan cuatro guaraníes por cada uno que quería tomar, la consecuencia natural es que baje el precio que paga, y eso fue exactamente lo que hizo. Es, sin vueltas, una buena noticia: el Tesoro paraguayo se financia más barato porque hay más apetito del que necesita. Vale entender de dónde sale ese apetito, que es mayormente de inversores institucionales locales con excedentes de liquidez en guaraníes y pocas alternativas de colocación de calidad comparable.

La confirmación institucional llegó el miércoles, en un lugar inesperado. El gobernador de la Reserva Federal Michael Barr habló en la Fed de Chicago en una cumbre sobre asequibilidad de la vivienda, y en medio de una exposición sobre lo caro que está comprar una casa deslizó la frase de la semana: en su escenario base, es probable que se necesiten más ajustes de política para asegurar que la inflación baje a la meta de manera oportuna. Agregó que los riesgos de no alcanzar el objetivo de inflación aumentaron mientras los riesgos sobre el mercado laboral disminuyeron, y respaldó la suba de la semana previa con una formulación que vale la pena guardar: estábamos fuera de posición, e hicimos un ajuste en la dirección correcta. El FOMC había votado por unanimidad llevar la tasa al rango de 3,75%-4,00%, la primera suba en tres años, y en el resumen de proyecciones dieciséis miembros ven la tasa todavía más alta antes de fin de año.

Hay una ironía difícil de ignorar en el escenario elegido. Barr estaba presentando datos sobre una crisis de acceso a la vivienda —el índice de asequibilidad cayó a 68 en julio, el nivel más bajo en veintiún años— y explicando, en el mismo discurso, que la tasa que hace impagable esa vivienda probablemente tenga que subir más. No es una contradicción, es el costo explícito de la política: la Fed no tiene una herramienta que baje la inflación sin encarecer las hipotecas. Pero pocas veces se ve el trade-off puesto sobre la mesa con tanta claridad y ante una audiencia tan directamente afectada.

Hay además un efecto de segunda ronda que empezó a discutirse y que conviene tener en el radar: el shock del petróleo eleva el riesgo de un shock de metales, porque el encarecimiento de los combustibles acelera la venta de vehículos eléctricos, y los vehículos eléctricos consumen metales que tienen sus propias restricciones de oferta. Es el mecanismo clásico por el cual una crisis energética no se resuelve, se muda de commodity.

La capa política fue la más entretenida, si uno tiene un sentido del humor tolerante con el espectáculo de un gobierno discutiendo consigo mismo en público. Con el diésel estadounidense en un promedio nacional de USD 6,52 el galón contra USD 3,69 un año atrás, y con las elecciones de medio término de noviembre acercándose, Trump respaldó la idea de prohibir las exportaciones. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, señaló que se estaba evaluando si una prohibición total o parcial era viable. El secretario del Interior, Doug Burgum, advirtió sobre posibles represalias de otros países. Y el secretario de Energía, Chris Wright, que además viene de la industria, se plantó en contra con un argumento técnico que es difícil de rebatir: la herramienta tosca de prohibir las exportaciones de diésel definitivamente no funciona, porque si no se puede exportar el diésel que sale de las refinerías, se agotan los lugares para almacenarlo, hay que reducir el refino y eso termina presionando al alza los precios de la nafta y del combustible de aviación. Una refinería produce los tres productos del mismo barril; no se puede cerrar la canilla de uno solo sin afectar a los otros dos.

Wright ofreció en cambio una alternativa voluntaria. Según Reuters, contactó en los últimos días a ejecutivos de varias grandes refinadoras estadounidenses para medir el apoyo a una restricción voluntaria de exportaciones, como sustituto de una prohibición de corto plazo. La agencia no identificó a las empresas contactadas, y consultó a Marathon, Valero, Chevron y ExxonMobil sobre el tema sin obtener respuesta inmediata. Phillips 66 no quiso comentar. Citgo dijo haber aportado información a la administración y advirtió que las consecuencias de una eventual prohibición serían serias, en particular para los refinadores de la costa del Golfo. Una fuente de la industria describió el entusiasmo por cualquier programa voluntario como limitado, lo cual es una manera diplomática de decir que a nadie le entusiasma renunciar voluntariamente al mercado más rentable en el mejor año de márgenes desde 2022. El American Petroleum Institute fue más directo: restringir exportaciones solo agravaría el problema. Sobre la prohibición total, Wright fue terminante en una entrevista durante la Semana del Clima en Nueva York, donde dijo no creer que vaya a verse una prohibición general al diésel, aunque admitió que podría haber algún ajuste en hacia dónde fluye el diésel que sale de las refinerías estadounidenses.

Paraguay entra a ese mundo con una posición defendible y con una vulnerabilidad específica. Lo defendible es real y no conviene minimizarlo: inflación bajo control, tasa estable en 5,50%, una colocación soberana con demanda cuatro veces superior a lo adjudicado, infraestructura de pagos modernizándose, un rubro exportador nuevo creciendo casi 70% y una cartera de proyectos presentada ante inversores internacionales. La vulnerabilidad es que nada de eso protege del costo de fondeo global, y que la presión política para usar la moneda como herramienta de rentabilidad sectorial va a crecer si el dólar sigue débil.